Desde un ahora que ya no es el tuyo, desenredo la madeja de tus palabras livianas -camino, sí, mañana, película-y las convierto en hilos de colores para ensartar agujas con que coser mis labios rotos; por impedir que se escapen mis últimas sonrisas, por no soltar un grito a bocajarro que rompa los cristales, por no volver jamás a pronunciar tu nombre.miércoles, 12 de diciembre de 2007
Desde un ahora que ya no es el tuyo, desenredo la madeja de tus palabras livianas -camino, sí, mañana, película-y las convierto en hilos de colores para ensartar agujas con que coser mis labios rotos; por impedir que se escapen mis últimas sonrisas, por no soltar un grito a bocajarro que rompa los cristales, por no volver jamás a pronunciar tu nombre.domingo, 2 de diciembre de 2007
CONJURO PARA QUITAR EL SIGNIFICADO A LAS PALABRAS
TIEMPO DE ELABORACIÓN: 1 mes y medio, aproximadamente.INGREDIENTES: Ni hierbas únicas de ningún bosque encantado en el que nadie ose entrar, ni colas de conejo echadas a una olla enorme entonando alguna canción maléfica indescifrable. El único ingrediente necesario es, a parte de las palabras en cuestión (del tipo "No quiero volverte a ver nunca más"), la capacidad de repetición del que quiera invalidarlas.
PREPARACIÓN: Piénsense las palabras a las que se quiera desposeer de significado y, como prueba, sean pronunciadas por primera vez a solas, frente a un espejo. Tras cerciorarse de que no hay errores de articulación de las mismas, el siguiente paso es pronunciarlas ante quien se quieran invalidar, de una manera convincente hasta para uno mismo. Seguidamente, dejar reposar al gusto durante unos cinco días y volver a repetir el proceso periódicamente, una vez cada dos semanas. Cuanto más tiempo se alargue la elaboración del conjuro, más inútiles serán las palabras, de manera que producirán la indiferencia y hasta la risa, por muy duras que pretendan ser, del que las escucha habitualmente.
SUGERENCIA: Para condimentar, nada mejor que unas lágrimas de cocodrilo acompañadas de leves sollozos y pucheros.
TÚ SIN TU HALO DE SEMIDIÓS
Una lástima que hayas bajado del altar que yo misma construí para ti con mis manos, no hace tanto tiempo. En él, sólo quedan los restos de mis ofrendas: flores que te traje del campo ahora secas, vestigios de frutas que en su día resplandecían apetitosas y palabras abandonadas por sus significados que yacen atrapadas en papel mojado. Despojado de tu halo de semidiós, me miras desde el sofá, con un gesto cuyo significado no acierto a descifrar. Me pregunto qué sentido tiene estar aquí esta tarde; qué voy a hacer ahora que ya no te adoro. Sigues mirándome desde tu postura aparentemente relajada, el gesto indescifrado convertido en una mueca casi ridícula, y te sientes -te siento- más humano que nunca, infinita e ínfimamente humano, como debieron de sentirse Adán y Eva tras la expulsión del paraíso, al notar el frío en sus cuerpos, antes de buscar con qué cubrirse.lunes, 26 de noviembre de 2007
CARTA AL SR CASICONOCIDO
Querido señor Casiconocido,Le escribo esta carta para confesarle mi voluntad de reanudar, si usted da su consentimiento, esa relación -relación en tanto que interacción interpersonal- que tantas y tantas veces usted y yo hemos cerrado, abierto, enterrado y puesto en pausa para reabrir después. ¿Los motivos? Las terceras -y cuartas- personas, los malos -y peores- momentos, los miedos, las inseguridades.
Lejos ya de autoimposiciones aparentemente racionales que rocen la locura, me dispongo a afrontar los estragos que su persona pueda ocasionar en mi humilde vida llenándola de inestabilidades o incertezas que, obviamente, estoy dispuesta a asumir, no sin apuntar el relevante dato de que toda paciencia humana tiene sus límites, incluso la mía.
Sin más preámbulos, le hago partícipe, señor mío, de mi aspiración a compartir con usted algo más que noches de sexo improvisado: animadas charlas sobre temas graves y sobre temas triviales, películas subtituladas, alguna que otra carcajada que no atente, por supuesto, contra las reglas del decoro y paseos comiendo castañas asadas bajo las luces navideñas , sin olvidar , claro está, la ingestión de algún que otro té con menta.
El objeto de todo ello no es otro que el de ahondar, si usted lo considera oportuno, en el conocimiento de su persona con el afán de descubrir las afinidades y/o diferencias que puedan existir entre usted y yo, y perdone la osadía de mis palabras. De este modo, en un plazo de tiempo sin concretar pero con la salvedad de que no sería alargado innecesariamente, podría llamarle al fin señor Conocido (tal vez me atreviera incluso a usar su nombre de pila si no le pareciese inapropiado), y estaría, gracias a usted, en disposición de decidir si seguir esta relación -relación en tanto que interacción interpersonal- o, por el contrario, zanjarla, pero esta vez con un conocimiento suficiente de usted que me permitiese la sensación de total tranquilidad al saber qué me estaría perdiendo exactamente al cerrar definitivamente la puerta que nos comunica.
Sin más pretensiones, le insto a reflexionar sobre lo expuesto anteriormente, ¡oh, señor Casiconocido! en aras de la consecución de una relación -en tanto que interacción interpersonal, claro- favorecedora para ambas partes. Finalmente, concluyo mi carta, señor, rindiéndome a sus pies gratamente y recordando la idea de que toda paciencia humana tiene un límite, incluso la mía. Aprovecho la ocasión para agradecerle de antemano el tiempo dedicado a la lectura de estas líneas.
Siempre suya,
Laura
PD: Espero recibir las noticias de usted en breve; no dude que las esperaré impaciente, señor.
domingo, 25 de noviembre de 2007
MALITO... Y DE BAJÓN
Tengo que confesar que ha sido la primera vez que te he visto llorar por alguien que no soy yo y, desde fuera, he sentido la impotencia de no poder consolarte, de saber que esta vez no está en mi mano recomponer tus trozos esparcidos diciéndote que te quiero (¿aún te quiero?) y que siempre lo voy a hacer. Te hubiera llenado la cara de besos (la barbilla, la frente, los ojos). Te hubiese acariciado hasta quedarte dormido, con sólo un dedo, como antes. Te habría secado las lágrimas con el pañuelo de mis manos. Y quizás después hubiese implorado las sobras del cariño que ahora regalas a otra persona, estática frente a ti, con la mirada baja y la ilusión más aún. Pero, ¿qué sentido tendría haberlo hecho?
miércoles, 14 de noviembre de 2007
DEPREDACIÓN
Depredación.
Instinto animal.
Te comería
para poseerte;
también
para destruirte.
Te mordería
hasta arrancarte
un trozo
de voluntad,
un pedazo
de alma
con que poder
saciar
mis ganas
- aunque insaciables-
de ti,
ésas
que ni siquera tú
eres capaz
de aplacar.
Depredación.
Instinto animal.
Comerte...
para poseerte;
comerte...
para destruirte...
jueves, 8 de noviembre de 2007
BUCEARSE
Se sentó en la escalera y, abrazándose las rodillas, cerró los ojos, intentándose imaginar a sí mismo por dentro. ¿Cómo conocer, cómo reconocer, pensó, algo tan complejo como el lugar que le correspondería en el mundo (ése que sólo le pertenecía a él, que le estaba destinado) si ni siquiera era capaz de conocerse, de reconocerse a sí mismo? Cayó en la cuenta de que el ser humano debería tener otro par de ojos que le permitieran verse por dentro y, al cabo de poco tiempo de estar en la misma postura, empezó a notar un cosquilleo por sus extremidades inferiores: el autoabrazo impedía que la sangre circulara libremente y sin obstáculos por la autopista venérea. Se imaginó por dentro con los ojos cerrados, intentando aislarse del mundo exterior, pero sólo lograba intuir sus propios huesos, sus músculos, sus nervios. Quizás debiera aislarse más. Se tapó los oídos, por intentar cortar más lazos con el mundo. Ahora el mundo ya no le interesaba, y mucho menos el lugar que se le había destinado en él. Se estaba buscando, pero aún no sabía que se iba a encontrar. Intentó no oler, no notar el tacto de nada, no degustar ni el sabor de su propia saliva. Intentó separarse de lo sensorial, abstraerse hacia dentro, hacia el origen del ser, para ver cómo era él realmente, cómo sentía, igual que si estuviese aún dentro del vientre de la madre que tanto añoraba. De repente, empezó a vivir, a vivirse. Fue entonces cuando olió el rojo de la sangre, vio la viscosidad de las vísceras, escuchó la elasticidad de los cartílagos, saboreó el calor de lo profundo, acarició sus propios latidos. Y fue entonces cuando sintió miedo al pensar que quizás nunca más regresaría al mundo que minutos antes tanto le angustiaba.
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